Estanque de agua

Fuimos a ver el celebrado estanque de Casasano, el más grande y hermoso que existe en esta región. Su agua es tan pura que, no obstante una profundidad de treinta pies, pueden distinguirse en lo más hondo las briznas de hierba. Y hasta un alfiler, caído sobre las piedras que están bajo el agua, se ve brillar con toda claridad. Un muro de piedra, al nivel del agua, de treinta pies de altura, le rodea en forma de óvalo, y sobre cuyo borde me atreví a darle la vuelta acompañada de nuestro anfitrión que iba detrás de mí. Un resbalón ofrecía dos alternativas: de un lado ahogarse y del otro lado quebrarse la nuca. ¡Qué hermosura de agua: un espejo perfecto, con largas y verdes plantas como plumas en el fondo!

Madame Calderón de la Barca, 1840, La vida en México —Carta XXXIV.

Carlos Fuentes y la inteligencia

Carlos Fuentes escribe sobre la inteligencia y sobre su infancia en la década de los treintas en Washington:

Mexico, the imaginary country, dreamed of a painful past; the United States, the real country, dreamed of a happy future.

The French equate intelligence with rational discourse, the Russians with intense soul-searching. For a Mexican, intelligence is inseparable from maliciousness —in this, as in many other things, we are quite Italian: fuberia, roguish slyness, and the cult of appearances, la bella figura, are Italianate traits present everywhere in Latin America: Rome, more than Madrid, is our spiritual capital in this sense.

For me, as a child, the United States seemed a world where intelligence was equated with energy, zest, enthusiasm. The North American world blinds us with its energy; we cannot see ourselves, we must see you. The United Stated is a world full of cheerleaders, prize-giving, singin’ in the rain: the baton twirler, the Oscar awards, the musical comedies cannot be repeated elsewhere; in Mexico, the Hollywood statuette would come dipped in poisoned paint; in France, Gene Kelly would constantly stop in his steps to reflect: Je dance, donc je suis.

The United States was a country where things worked, where nothing ever broke down: trains, plumbing, roads, punctuality, personal security seemed to function perfectly, at least at the eye level of a young Mexican diplomat’s son.

Sierra Norte de Puebla: el recorrido y las fotografías

Sierra Norte de Puebla fotografías

La carretera de Puebla a Cuetzalan, sobre todo la primera mitad, es un recorrido de paisajes vastos e inéditos, casi capadócicos. Al llegar a Cuetzalan, lo que más sorprende es la franqueza en el uso del material: la piedra gris con la que están hechas las calles, las banquetas y los muros crea una sensación de identidad instantánea. La presencia indígena es muy fuerte, sobre todo durante el mercado dominical, que comienza desde la víspera. Es un pueblo lejano; conserva todavía ese carácter exótico que vi en unos carteles viejos de los sesentas, colgados en un hotel, en donde todo el misticismo de México se anunciaba con una serigrafía que firmaba Cuetzalan · Mexique.

La carretera de Cuetzalan a Zacatlán de las Manzanas hay que recorrerla por la mañana, para poder ver la sierra y apreciar bien los colores y olores del verde. Sin ninguna parada, serían unas tres horas de viaje en auto, pero uno debe detenerse varias veces, en un pueblo, en un arroyo o en una intersección desolada. Xochitlán está en esa carretera, y es el México de hace cien años. En un domingo cualquiera se pueden ver a los borrachos en las tiendas y cantinas como en las fotos de la Revolución, y a los jóvenes del pueblo esconderse con sus novias en los recovecos de los muros de las iglesias.

Zacatlán de las Manzanas es un pueblo feo con dulces, panes y alrededores que merecen una visita.

Aquí las fotografías del recorrido. Aquí una edición condensada.

El taller Martín Pescador

Juan Pascoe aprendió el oficio de impresor a los 25 años cuando fue aprendiz de imprenta en Iowa, Estados Unidos. En 1975 fundó su propia imprenta en México, a la que llamó «Taller Martín Pescador», siguiendo la sugerencia de Roberto Bolaño. Cinco años después, se mudó a Tacámbaro, Michoacán, donde sigue hasta ahora, a sus 65 años. La máquina que usa (R. Hoe Washington, Imperial No. 1 Iron Handpress, 1838) es una de las más antiguas del mundo todavía en funcionamiento. Todo se hace a mano, página por página, cosidos, forrados, pegados, pues asegura Pascoe que es la única manera de tener el control de todo el proceso.

Nota 1. Nota 2.

La fiesta de La Candelaria en Tlacotalpan

No he escuchado de otro pueblo en el que la Virgen salga del templo y dé un paseo por el río. Seguro hay, pero no he escuchado de ningún otro. En Tlacotalpan (Veracruz) eso pasa cada dos de febrero, día de La Candelaria, patrona de la comunidad. Cien o doscientas embarcaciones la siguen durante unas horas. Tlacotalpan está hecho un desastre esos días, pero vale la pena vivirlo, porque no se parece a nada.

Hay, además, una gran festival internacional de musica que se lleva a cabo los mismos días, con el característico espíritu costeño, así que derepente uno se encuentra hablando con una colombiana o una oaxaqueña que han ido hasta ahí a enamorarse unos días, a escuchar la música veracruzana 24 horas y a dormir en tiendas de campaña puestas donde sea que haya pasto.

Muchísimas casas convierten sus salas o comedores en cenadurías improvisadas —o cantinas— en donde se venden las especialidades del puerto. Nosotros nos instalábamos por horas en una tienda de artesanías, convertida en bar, para poder palpar detalladamente el microcosmos de esos días.

Procesión en el Papaloapan

Procesión en el Papaloapan

Sí: la lancha de remos, los colores del pueblo, la fiesta tradicional, los dulces de almendra en la plaza, el pescado fresco, la ausencia de moscos, los vastos desayunos, la procesión por el río, la danza y el movimiento, las papas fritas al instante, el son jarocho.

No: los toros, las lanchas de motor, el ruido que devasta, la fiesta popular, el PRI, el estrato 16-25 años, los borrachos en caballo, los servicios municipales desbordados, la música de los puestos, los vendedores de lentes.

24 horas en Puebla

Una parada de 24 horas en Puebla, camino a Tlacotalpan. Hubo lluvia, cielos nublados y frío. Nos encontramos con un patio colonial lleno de sillas de aluminio, un desfile de zapatos en las calles del centro, placas para ciegos carentes de información, una lámpara rota, vendedores de globos refugiados en un portal, vendedoras de chileatole enojadas y rieles de acero en las banquetas. Todo eso llamó la atención de mi cámara. Aquí las fotografías.

24 horas en Puebla

24 horas en Puebla