Sobre viajar, Claudio Magris

En el viaje, desconocidos entre gente desconocida, aprendemos en sentido fuerte a no ser Nadie, comprendemos concretamente que no somos Nadie. Y precisamente, en un lugar querido que se ha trocado casi físicamente en una parte o una prolongación de la propia persona, esto permite decir, haciéndole eco a don Quijote: aquí yo sé quién soy.

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Acaso el transeúnte con los ojos y los sentidos abiertos sea el viajero más auténtico; su mirada penetra y deshace el escenario urbano como una insurrección […] Cada cual atraviesa un lugar con un ritmo particular. Unos van deprisa, otros remolonean. Una ciudad —una página— se recorre de mil maneras: escrutadora, lenta, sincopada, apresurada, distraída, sintética, analítica, dispersiva.

El viaje-escritura es una arqueología del paisaje; el viajero —el escritor— baja como un arqueólogo a los diferentes estratos de la realidad para leer incluso los signos escondidos debajo de otros signos, para recopilar el mayor número posible de existencias e historias y salvarlas del río del tiempo, de la ola disipadora del olvido, como si construyera una frágil arca de Noé de papel aun siendo irónicamente consciente de su precariedad.

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Todas las veces que se viaja o se parte, algunos sentidos se agudizan y otros se embotan. Dormitan los sensores de la recelosa y ansiosa vigilancia cotidiana, normalmente en guardia para registrar las señales de todo lo que puede amenazar el orden y el dominio del pequeño mundo en nuestro poder. Partir es dejarse ir, soltar lastre, entornar los ojos como cuando se mira el sol, apresar las cosas según vienen. Se despierta la percepción de los colores, los olores, la superficie lisa o rasposa de las cosas, los detalles aun insignificantes. Una ciudad se revela también en la reverberación de sus nubes, en la calidad de su luz, en el demorarse de sus atardeceres o en la brusca precipitación de su oscuridad. Es instintivo notar enseguida, yendo desde el aeropuerto de Sidney hacia el centro, la diferencia entre las variedades de eucaliptos a un lado y otro de la carretera, con una atención decididamente más viva que la dirigida al verde que se atraviesa camino de la oficina y que a menudo no pasa de ser un genérico verde.

Claudio Magris, El infinito viajar.