Marcas, mundos y experiencias

Un fragmento del libro de Alessandro Baricco, Next – Sobre la globalización y el mundo que viene:

Sé que suena mal al decirlo, pero lo que nos provoca aversión, tratándose de tenis o de hamburguesas, es una experiencia que aceptamos sin ninguna resistencia cuando están en juego cosas más nobles. Beethoven es una marca. Lo son los impresionistas franceses. Kafka lo es. Shakespeare lo es. Hasta Umberto Eco lo es. E incluso La Repubblica o Mickey Mouse o la Juventus. Son mundos. Que significan bastante más de lo que son. Tienen sus reglas, y nosotros las aceptamos. Quiero decir: nos convencemos de que las papas fritas de McDonald’s son buenas con la misma ilógica maleabilidad con la que aceptamos que Beethoven no compuso nunca un fragmento malo e inútil, que todo Shakespeare es genial, que Mickey Mouse no tiene un papá ni una mamá, y que La Repubblica siempre escribe la verdad. Forma parte del juego. Y es un juego del que todos necesitamos. Nos vemos empujados a preferir todo lo que nos ofrecen con la fuerza orgánica de un mundo, no sólo con la pura presencia de un objeto, por muy bello que sea. Estamos agradecidos a quienes consiguen sistematizar mundos. Son seguros contra el caos, son organizaciones salvíficas de la realidad.

No creo que sea necesario apuntar hasta qué punto el mundo sistematizado por Kafka es más rico, complejo e inteligente que el estudiado por los McDonald’s. Lo sabemos. Pero esto no debe impedirnos comprender que el juego es el mismo, que el tipo de experiencia es la misma, que el mundo de Kafka no es más real que el de McDonald’s, que la visita a una exposición de los impresionistas franceses mueve nuestro cerebro exactamente como dar una vuelta por Niketown. No quiero decir que Monet tenga el mismo valor que un tenis deportivo. Pero, extrañamente, la gente entiende eso. Tiene prisa por entender eso. Como si no pudiera arriesgarse a pensar en ello por lo menos un momento. Me parece que, en el fondo, están aterrados por la idea de que alguien acabe por demostrarles que un muchacho imbécil, fanático de la Niketown, es exactamente igual que un asesor fiscal al que le chiflan los últimos Cuartetos de Beethoven. En consecuencia, en cuando les parece oler un razonamiento que pueda llevarlos a esos extremos, desenchufan el audio.

Sordos hasta la meta.