La vida: ¿sólo para recordarla?

Tal vez con la excepción de algunos poetas e historiadores, es claro que todos padecemos de una miopía existencial que nos impide poseer y entender el presente enteramente. El pasado, sin embargo, lo vemos con claridad (y mientras más pasado, más claro). Esa perspectiva —aprendizaje o experiencia— que nos otorga lo ya vivido es imposible destilarla del presente. ¿Vivimos todas las cosas, entonces, sólo para recordarlas? Un presente que no se entiende o que ni siquiera se disfruta comunmente se convierte, con el tiempo, en una época constructiva —e incluso se recuerda con melancolía.

Los viajes: ¿los hacemos para pensar en ellos luego, para que formen nuestra memoria futura y se conecten, eventualmente, con otras ideas? Un viaje de 20 días puede recordarse por años y puede cambiarnos radicalmente —aunque no mientras lo vivimos.