La preservación de la memoria cotidiana

La clase media actual sabe algo de su niñez por cosas que los mayores les han contado, porque ven fotografías de cumpleaños que no recuerdan —algunos, incluso, videos— o porque se encuentran con objetos de entonces (cuadernos, ropa, etc.). De la vida de sus padres antes de su nacimiento saben generalmente menos —a través de fotografías más viejas, anécdotas que cuenta alguna tía o cartas y documentos que aparecen en un cajón.

Las generaciones antes de la mía sabían menos de esto; y las previas, mucho menos. No saber nada del pasado lejano no sólo era algo normal sino que nadie pensaba en ello.

La preservación cualitativa de la memoria siempre ha sido algo que requiere tiempo, recursos y, sobre todo, disciplina constante: cualidades que no son fáciles de mantener. Actualmente, con la democratización de los medios electrónicos —medios de expresión y medios sociales—, cualquier persona está escribiendo sus semblanzas (insulsas, generalmente) de forma pública o semi pública sin darse cuenta. No podría decirse que son memorias, mucho menos fragmentos de obras literarias, pero sí registros constantes que, supongo, vistos desde lejos, dicen más que lo que su expresión diaria y efímera revela.

Tal vez en el futuro no será normal desconocer el pasado. Todo lo que ahora pensamos queda registrado en algo, con posibilidad de ser escuchado por alguien, sin que se nos garantice tener control sobre ello.

En diez años, un niño que nazca hoy, ¿podrá revisar todo su pasado, el de sus padres y el de quien sea, de manera electrónica, en cualquier momento, incluso esta nota que habla de él?